Recuerdo muy vagamente a dos maestros de educación física de mi infancia, solo recuerdo que jugábamos muchas veces al fútbol, pero no recuerdo demasiado. Sin embargo si recuerdo lo bien que lo pasábamos en los recreos, jugando a policías y ladrones; los grupos se esco
gían aleatoriamente, con el juego “21, aceituno”, alguien contaba hasta 21 y al que le tocara aceituno era policía, el siguiente ladrón y así sucesivamente. Tras ello los policías iban a por ladrones, cuando los pillaban estaba la zona de cárcel hasta la que eran transportados, si un ladrón tocaba a sus compañeros ya pillados se liberaban. Cuando todos estaban pillados se cambiaban los roles, a mi me gustaba ser ladrón, pues corría más que la mayoría de mis compañeros y les resultaba muy difícil pillarme. Así nos pasamos todos los recreos de varios años de primaria, excepto el recreo que nos tocaba partido de fútbol, cada día a una clase, momento que todos esperábamos con ansias.Un poco mayor, en cuarto o quinto de primaria, no recuerdo bien, se pusieron de moda los “tazos” de una serie de dibujos, “Pokemon” concretamente. El juego era tan sencillo como hacer una montaña con unos cuantos de los "Pokemon tazos", te quedabas con uno para lanzar, con él intentabas darles la vuelta, los que quedaban boca arriba te los quedabas.
En quinto y sexto, recuerdo que temía mucho temor a las representaciones teatrales, aunque finalmente nos lo pasábamos genial ensayando y me sentía muy orgulloso cuando terminábamos alguna representación y salía bien.
En la calle jugábamos a multit
ud de cosas, recuerdo lo fácil que era hacer un campo de fútbol, en cualquier sitio, cualquier calle, cualquier plaza, nos poníamos a jugar utilizando bancos, piedras o cualquier cosa de porterías. También jugábamos a un juego parecido a las cuatro esquinas, uno se la quedaba en el centro de la calle, el juego consistía en pasar de una acera a otra sin que el que se la quedaba te pillara, recuerdo que era muy bueno en este juego, nunca me pillaban. Tampoco se me daba mal el escondite o el quéman, con el campo pintado con tizas que no recuerdo bien por qué, pero se encontraban fácilmente tiradas en la calle.De ahí saltamos a primero de la ESO, en un centro distinto, amigos y profesores distintos, cada año realizábamos una representación teatral muda o un baile, uno u otro nos daban muchos quebraderos de cabeza y nos obligaba a prestarle mucha dedicación. Eso me hizo llegar a odiar todas estas obras, pero hoy día lo recuerdo con nostalgia y me quedo con todos los momentos buenos que nos daban.
Ya en tercero y cuarto de la ESO, me encantaban las clases de Educación Física, aunque el profesor, otro distinto al de los dos primeros años de la Educación Secundaria, no me aportaba mucha simpatía, sobre todo porque a pesar de que mis compañeros me consideraban uno de los mejores en esa asignatura no pasaba nunca del notable. Temía cuando llegaba el bloque de gimnasia deportiva, pues aunque al final no tardaba demasiado en dominar cualquier gesto, el proceso de aprendizaje me daba bastante miedo, sobre todo la paloma de brazos. Siempre estaban los alumnos más torpes y rezagados, que se quedaban hasta el final y se escondían entre los compañeros para no realizar los ejercicios, muchas veces lo conseguían, alguna vez que me encontraba cansado o no muy seguro seguí esa estrategia, pero la mayoría de las veces trataba de ponerme de los primeros para quitárme pronto el miedo y no pensar demasiado en las consecuencias.
Si tengo que explicar lo que me aportaron esas clases de Educación Física, no sabría que decir en la etapa primaria, dónde, aunque no recuerdo demasiado, lo poco que recuerdo era el fútbol y juegos más que conocidos y poco originales. Más sistemático pero diverso fue en la etapa secundaria, donde conocimos una mayor variedad de deportes, habilidades y conocimientos. Un grave error en mi opinión, cometido por el profesor Don Gilberto en cuarto de la ESO es que había dos alumnos, uno en silla de ruedas y otro asmático que tenían dificultades para seguir normalmente la clase y la única alternativa que se les daba, era jugar al ajedrez. Se pasaban todas las clases jugando entre ellos, no creo que esto fuera lo más correcto.
Y esto es lo que mas o menos he podido recordar en éste momento sobre la educación física en mi niñez y pre-adolescencia. Si no recuerdo muchas cosas, es en parte, porque no debió aportarme demasiado a mi persona, a pesar de ser mi asignatura favorita, pues me lo pasaba mucho mejor y pienso que aprendía más cuando jugaba en la calle y dejaba volar mi imaginación.
REFLEXIÓN
Sin duda muchos se preguntaron para que servía ésta actividad, que nos aportaba, pero sin duda, es algo que te vas dando cuenta conforme lo vas realizando. Al menos en mi caso, me he dado cuenta de las deficiencias que tenían estas clases, deficiencias de contenido emocional, centrándose exclusivamente en el aspecto motriz. Cómo recuerdo con mucha más nostalgia, con mucho más valor, las experiencias en la calle que las de las clases, yo creo que debería ser al contrario, o al menos que se pudieran igualar, pues el aprender jugando, haciendo deporte, interáctuando con los compañeros solo se puede conseguir a través de la educación física y estas horas, probablemente pocas en el sistema actual, hay que aprovecharlas al máximo, no dejar que pasen las horas muertas con juegos o deportes al azar eliminando todo contenido emocional y didáctico de éstos.
Mi autobiografía no es muy extensa y creo que este es el signo más notorio del vacío que hubo en mi infancia en torno a esta asignatura en el colegio en la cuál me dediqué, al igual que mis compañeros a seguir las instrucciones de un maestro o profesor.
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